3/17/2015

Antoine.

Cada mañana a las 5:45 en punto, a sus 10 años, Antoine se levantaba al oír sonar la alarma de su despertador, un viejo reloj de esos de dos campanas plateadas, enormes números y descomunales manecillas al que le daba cuerda cada noche antes de irse a dormir.
Se sentaba pesadamente en la orilla de su cama y miraba por la ventana a la derecha de su habitación y veía el sol despuntar por el horizonte e igual que todos los días se quedaba absorto en algo a lo lejos en el paisaje. Antoine llevaba haciendo esto desde hace ya unos meses, desde aquella tarde en el bosque.
Miró de nuevo la verde campiña de la región de Auvernia, Francia, en donde estaba su casa. Este año aún no había nevado, aunque hacía frío. Se puso de pie calzándose las pantuflas afelpadas, aún con el pijama puesto, igual que todos los días, y sigilosamente, también como todos los días, salió de su habitación dirigiéndose a la cocina. Sus padres no lo escucharon, Antoine los vio aun dormidos en su recámara, un par de bultos borrosos en las penumbras del alba, envueltos entre las sabanas, unas sábanas tan blancas que un rayo de luz que provenía de la vela en un rincón las hacía verse deslumbrantes. Antoine, igual que todos los días, pasó frente a su puerta de puntillas sonriendo pícaramente, como quien sabe que va a portarse mal.
En la cocina, revisó la nevera, encontró queso  del que le encantaba y una lonja de jamón, dos rebanadas de pan y mantequilla de maní completaron su emparedado, igual que todos los días y sosteniéndolo con ambas manos le dio un mordisco mientras salía por la puerta trasera que chirrió levemente sobre sus goznes, también como todos los días.
Antoine sintió como el pasto de la campiña, húmedo por el rocío, le mojaba el calzado y por ende los pies, pero siguió caminando, saltando de vez en cuando, mientras disfrutaba su comida y sin darse cuenta se internó en el bosque.

Ahí de nuevo empezó a sentir miedo, y aunque así era todos los días, no se acostumbraba, percibió unos ojos que lo miraban, oyó una voz que lo llamaba y corrió, soltando su delicioso emparedado a medio morder. Corrió y corrió y corrió, hasta que ya no sintió el piso, sólo sentía unos dedos como garras que lo sujetaban del cuello, que lo lastimaban, que le desgarraban el pijama, que lo tocaban y luego ya no sintió, y como todos los días, se vio caer por un acantilado de los bosques de Auvernia, abrió la boca, intentó gritar, agitó los brazos, intentó volar,  pero nada, de pronto todo se ponía negro y acababa.
. . .

Cuando abría los ojos sobresaltado, estaba de nuevo sentado en su cama, con su despertador en las manos, el de las dos campanas plateadas, enormes números y descomunales manecillas. Comenzó a darle cuerda antes de irse a la cama, y como todos los días, mientras lo hacía, veía el sol ponerse por la ventana a la derecha de su habitación y se quedaba absortó en la blanquísima lápida del jardín que tenía su nombre grabado en ella…

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Extractos mentales

Nuestra mente es una eterna colección de aventuras, pasiones y emociones, algunas la vivimos, otras las soñamos, pero siempre hay cosas batallando por sentir la luz... o la oscuridad... aquí les dejaremos esos extractos de nuestras mentes, y esperamos les gusten...

Y.o.S
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