Cada mañana a las 5:45 en punto, a
sus 10 años, Antoine se levantaba al oír sonar la alarma de su despertador, un
viejo reloj de esos de dos campanas plateadas, enormes números y descomunales manecillas
al que le daba cuerda cada noche antes de irse a dormir.
Se sentaba pesadamente en la
orilla de su cama y miraba por la ventana a la derecha de su habitación y veía
el sol despuntar por el horizonte e igual que todos los días se quedaba absorto
en algo a lo lejos en el paisaje. Antoine llevaba haciendo esto desde hace ya
unos meses, desde aquella tarde en el bosque.
Miró de nuevo la verde campiña de
la región de Auvernia, Francia, en donde estaba su casa. Este año aún no había
nevado, aunque hacía frío. Se puso de pie calzándose las pantuflas afelpadas,
aún con el pijama puesto, igual que todos los días, y sigilosamente, también como
todos los días, salió de su habitación dirigiéndose a la cocina. Sus padres no
lo escucharon, Antoine los vio aun dormidos en su recámara, un par de bultos
borrosos en las penumbras del alba, envueltos entre las sabanas, unas sábanas
tan blancas que un rayo de luz que provenía de la vela en un rincón las hacía
verse deslumbrantes. Antoine, igual que todos los días, pasó frente a su puerta
de puntillas sonriendo pícaramente, como quien sabe que va a portarse mal.
En la cocina, revisó la nevera,
encontró queso del que le encantaba y
una lonja de jamón, dos rebanadas de pan y mantequilla de maní completaron su
emparedado, igual que todos los días y sosteniéndolo con ambas manos le dio un
mordisco mientras salía por la puerta trasera que chirrió levemente sobre sus goznes,
también como todos los días.
Antoine sintió como el pasto de
la campiña, húmedo por el rocío, le mojaba el calzado y por ende los pies, pero
siguió caminando, saltando de vez en cuando, mientras disfrutaba su comida y
sin darse cuenta se internó en el bosque.
Ahí de nuevo empezó a sentir
miedo, y aunque así era todos los días, no se acostumbraba, percibió unos ojos
que lo miraban, oyó una voz que lo llamaba y corrió, soltando su delicioso
emparedado a medio morder. Corrió y corrió y corrió, hasta que ya no sintió el
piso, sólo sentía unos dedos como garras que lo sujetaban del cuello, que lo
lastimaban, que le desgarraban el pijama, que lo tocaban y luego ya no sintió,
y como todos los días, se vio caer por un acantilado de los bosques de
Auvernia, abrió la boca, intentó gritar, agitó los brazos, intentó volar, pero nada, de pronto todo se ponía negro y
acababa.
. . .
Cuando abría los ojos
sobresaltado, estaba de nuevo sentado en su cama, con su despertador en las
manos, el de las dos campanas plateadas, enormes números y descomunales
manecillas. Comenzó a darle cuerda antes de irse a la cama, y como todos los
días, mientras lo hacía, veía el sol ponerse por la ventana a la derecha de su
habitación y se quedaba absortó en la blanquísima lápida del jardín que tenía
su nombre grabado en ella…








